Era mi segundo trabajo. El primero como comercial.
Como te conté en el artículo anterior, viví la escena surrealista con un cliente que se me puso como un minotauro y me tiró el material al suelo, puedes leerlo aquí. No creas que ese primer mes iba a mejorar mucho...
Llega mi primera reunión comercial. Ya sabes, esas reuniones de equipo que todo comercial odia. En las que al final se intenta que todos salgamos de allí gritando "¡Esparta!" como si vender fuera una batalla de Ágora.
Pero ese tema lo dejo para otro día (aunque ya te avanzo que tengo una teoría psicológica sobre esas reuniones de viernes por la tarde que te va a interesar). Si no estás suscrito, este es el momento.
Volviendo a lo que nos ocupa:
Era viernes. Última hora. Nos juntábamos todos los comerciales de la zona. Un planazo.
El director solía llegar tarde. Si él venía tarde, salíamos tarde. Y siempre empezaba con bromas. Pero no de las buenas. De esas que hacen reír solo a los que temen quedarse sin comisión. Y si había alguien nuevo y tierno, como era mi caso, tenía diana fija.
Actuaba como un vampiro: si olía sangre, atacaba. En este caso, si olía inseguridad, humillaba.
Era de esos que todo lo saben. Y si estás callado, asume que es porque no tienes nada dentro.
Me puso un mote.
Y no era cariñoso, precisamente.
¿Sabes qué hice? Nada. Observé. No desde la cobardía, sino desde la curiosidad profesional. Qué hace que un tipo así llegue a ser director comercial.
Desde la psicología de la personalidad, él era un caso interesante:
Narcisismo funcional no patológico
Necesidad de admiración, obediencia y aplausos (aunque sean falsos)
Uso del desprecio como herramienta de jerarquía: "si te pongo un mote, te coloco abajo"
Baja empatía contextual: no se plantea lo que siente un chaval en su primer trabajo
No era solo un capullo gratuito (aunque lo pareciera). Era un capullo funcional dentro del sistema. Porque mi pregunta no era solo "¿qué le pasa a este tío?", sino:
¿Cómo ha llegado a director comercial alguien así?
Y aquí entra la mirada sistémica:
En muchas empresas se premia más la frialdad que la empatía, más el control que la contención. Si consigues resultados, da igual que quemes a tu equipo por el camino.
Muchas organizaciones confunden miedo con respeto. Si nadie le lleva la contraria, no es que inspire confianza. Es que da miedo. Pero los de arriba ven autoridad.
Ese jefe no era solo un individuo con rasgos narcisistas. Era el producto de un sistema que lo recompensó por ser así.
Hoy estará jubilado, seguro, tiene como mínimo la edad de mi padre. Y de verdad le deseo lo mejor. Pero lejos de mí.
Este tipo de liderazgo sigue existiendo. Si has vivido algo similar, esto es importante:
En mis sesiones online trabajo con personas que han pasado por esto. Fortalecemos la autoestima, trabajamos la regulación emocional, el asertividad y la revalorización personal.
Y si lo que prefieres es que te envíe una serie de ejercicios prácticos (en PDF) con seguimiento personalizado, puedes:
Responder a este email
Nos vemos en dos semanas (o en LinkedIn si no se me va la inspiración antes).
Y no, aún no sé si hablaré de las reuniones espartanas. Pero seguro que algo aprenderás.
Recuerda que si quieres ayudarme, puedes compartir este post.
Un abrazo,
Alex

